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miércoles, 26 de febrero de 2020

Silvia Margarita Duzán

Febrero 26 de 1990 
Silvia Margarita Duzán, nacida en Bogotá en 1958, estudió Economía en La Universidad de Los Andes, donde además de su pasión por el rock, le iba creciendo la propia por la verdad, lo que la fue encaminando por el Periodismo Investigativo. Su arduo trabajo y constante empeño, le permitió participar del grupo fundador de Semana e iniciar una carrera como periodista prometedora.

En 1990, Duzán se encontraba haciendo un documental sobre el narcotráfico y el sufragio en Colombia para el canal 4 de la BBC, para el cual realizaba sus investigaciones en Cimitarra, Santander, un municipio del Magdalena Medio azotado por la violencia y que ha estado por muchos años, en medio de las disputas de tres actores del conflicto, la guerrilla, los paramilitares y el ejército nacional.

Esa noche, cerca de las 9:30, SILVIA DUZÁN, SAÚL CASTAÑEDA ZUÑIGA, JOSÚE VARGAS MATEUS y MIGUEL ÁNGEL BARAJAS COLLAZOS, fueron asesinados bajo la orden de alias “Ariel Otero”, comandante paramilitar de la zona. Sus vidas fueron sentenciadas en complicidad con el ejército, y ejecutados a manos de Ramón Isaza de Sonson, Alejandro Ardila "El Ñato"; Hermógenes Mosquera "El Mojao", Armando Suescún. Incluso, se sabe que un trabajador de la ATCC que había tenido contacto con los paramilitares en esos días, fue quien citó a la periodista y a los dirigentes al restaurante en el que ocurrió la masacre.

Sumida en el conflicto armado, la población de la región decidió concretar una iniciativa de paz desde 1987, donde los actores armados no pudieran tener control sobre la salud, la educación, el trabajo y el territorio. Generando entonces, espacios de diálogo y denuncia, en el que se propusieron una construcción de comunidad capaz de autoorganizarse y autodeterminarse, como resultado de esta iniciativa esperanzadora nació la ATCC [Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare], que a pesar de las constantes amenazas que recibían por parte de las tres partes del conflicto, no se detuvo y permaneció enfrente del trabajo por la paz. 

La verdad es imprescindible para que esta comunidad se decidiera por una opción de Paz, en esto trabajaba Silvia incesantemente, para lo que acudió a tres de los líderes de la ATCC, con quienes se entrevistaría la noche del 26 de febrero de 1990, en un restaurante del municipio, donde habría de encontrarlos la muerte.

La investigación, por su parte, nunca arrojó pruebas concretas, lo que impidió la judicialización de los culpables. Ramón Isaza, que fue el más implicado en la investigación, declaró una cínica defensa, diciendo que padecía de Alzheimer, por lo que le era imposible recordar algún detalle acerca de la masacre, cínica pero fructuosa, la defensa impidió que se le judicializara.

Aún hoy, el caso sigue en la impunidad. Un Estado que le teme a la verdad y que no reconoce a las víctimas, mantiene hoy sin justicia el caso de Silvia Margarita Duzán y los tres líderes de la ATCC, extendiendo así a las víctimas a los familiares y a la comunidad.

Silvia Margarita Duzán, en la Memoria
Silvia Margarita Duzán Sin Olvido

domingo, 18 de agosto de 2019

Luis Carlos Galán

Agosto 18 de 1989 
Un Santandereano, liberal, que se hizo entre otras, con la protestas estudiantiles en contra del régimen de Gustavo Rojas Pinilla el 10 de mayo de 1957; ese fue el inició de Luis Carlos Galán.
Luis Carlos Galán nunca se imaginó que años después, las mentalidades de los sectores que le iniciaron en la vida política, como él lo expresó, con una detención y un golpe, fueran a asesinarle, pues reprimen de una y mil formas. Sí, esas estructuras del establecimiento, que se han forjado en la mentalidad de la doctrina del enemigo interno, que concibe a quienes mínimamente disienten, como sujetos por exterminar, fueron los responsables de su detención y luego de su asesinato.
Galán el egresado de la Universidad Javeriana, el periodista, consentido de sectores de poder, disiente del partido liberal, fundador del Nuevo Liberalismo. Galán se apartó del partido por la corrupción elevada a justas proporciones por Julio César Turbay, y se apartó de este gestor del Estatuto de Seguridad, con el que se legitimaron violaciones de derechos humanos entre 1978 y 1982.
Su asesinato, el 18 de agosto de 1989 fue el golpe certero del establecimiento criminal a quién disintió de la podredumbre de un partido. En su asesinato participaron integrantes de las fuerzas militares y un grupo de sus aliados los paramilitares.
Muchos mecanismos de impunidad han operado desde la consumación misma del crimen. Desde la penetración en su esquema de seguridad, desde el montaje contra personas inocentes para mostrar resultados, en realidad unos falsos positivos judiciales, y el asesinato de quiénes participaron en la comisión del crimen.
Por su asesinato se encuentra condenado el político Alberto Santofimio Botero, dada su cercanía con el narcotraficante Pablo Escobar. Algunos que ha leído el expediente, indican, que su cercanía con el capo de las drogas no prueba su responsabilidad en el homicidio.
En octubre del 2011, fueron vinculados al proceso el Coronel (r) Manuel Antonio González, y al mayor retirado Luis Felipe Montilla, y en Marzo de 2013, se les dictó orden de captura en por el delito de coautores de homicidio agravado.

En Julio del año 2014 el general en retiro Miguel Alfredo Maza Márquez fue llamado a juicio por su presunta responsabilidad en el magnicidio de Luis Carlos Galán.

El asesinato de Galán sigue en la impunidad. Los beneficiarios del crimen, más allá de Pablo Escobar Gaviria, nunca han sido judicializados, los altos mandos militares que propiciaron la participación de mandos medios y bajos, algunos ya no viven, murieron de viejos, otros siguen vivos y usufructuando de sus pensiones.

Tremenda historia de impunidad, del olvido que incluso, se acuña en uno de sus herederos políticos, un senador, que por desconocimiento, por ignorancia o negación de la realidad, promovió, defendió a capa y espada, el privilegiado fuero militar, obviando que ese mismo privilegio, esa misma mentalidad es la que ha cobijado a agentes estatales responsables del asesinato de este hombre de ideas liberales.


Luis Carlos Galán en la Memoria

Luis Carlos Galán Sin Olvido.

miércoles, 24 de abril de 2019

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas


24 de abril de 1991


El 24 de Abril de 1991, el Periodista Julio Daniel Chaparro Hurtado y el fotógrafo Jorge Enrique Torres Navas fueron asesinados en Segovia, Antioquia, mientras ejecutaban una labor periodística sobre la historia de la violencia de esta zona para el diario El Espectador


Segovia, municipio del nordeste antioqueño, no solo fue epicentro de una amplia agitación social por parte de diversos movimientos de izquierda (campesinos, obrero-patronales e incluso estudiantiles) que en la década de los 80 se manifestaban con rigor y alcanzaban significativa representación política en el pueblo minero. El 11 de noviembre de 1988, Segovia fue epicentro de una atroz masacre perpetrada por grupos paramilitares de la familia Castaño.

Su viaje tenía el objetivo de informar cómo paso la violencia en estas comunidades, luego de su paso por varios pueblos y corregimientos del país, en donde se toparon con diferentes grupos armados como narcotraficantes, paramilitares, militares y guerrilleros se dieron cuenta que esta era guerra sin salida, pero que aun así las diferentes comunidades continuaban su vida resistiendo. 

Jorge Enrique recibió varios reconocimientos y premios, entre ellos el premio Planeta, por lo que fue un reconocido fotógrafo.

Julio Daniel nació en Sogamoso, en su juventud hizo parte de la Juventud Comunista, JUCO, estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de la Sabana, fue reconocido por sus poesías y sus crónicas periodísticas, por lo que trabajo en el Espectador desde 1990. Fue cercano a la Unión Patriótica  fundó la Revista Oriente en la ciudad de Villavicencio, publicó los libros “Y éramos como soles” en 1986, “País de mis ojos” en 1988 y “Árbol ávido” en 1991.

El 24 de abril de 1991 fueron asesinados Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas, sus cuerpos fueron dejados a la deriva, hasta las 10:30 de la noche llegó un policía que hizo el levantamiento de los cadáveres. Una jueza de instrucción criminal asumió el caso 24 horas más tarde.


Sin una investigación formal el rumor de que los autores habían sido miembros de las FARC-EP, quienes supuestamente los habían confundido con agentes de inteligencia militar.



A esta supuesta pista contribuyeron rápidamente dos hechos. Las declaraciones del comandante de la Policía de Segovia, quien entonces manifestó que en el último año no se había sentido acción de grupo paramilitar alguno y éstos delinquían muy lejos; y el falso informe que habrían suministrado milicianos del ELN a las FARC, en el sentido de que habían visto a los periodistas en la XIV Brigada del Ejército en Puerto Berrío. El IV frente de las FARC xpidió un comunicado para negar su autoría en los crímenes, que poco o nada fue tenido en cuenta.

A raíz del doble asesinato, el entonces presidente César Gaviria hizo pública una declaración comprometiéndose a una “investigación completa y pronta para detener, juzgar y condenar a los culpables de esta agresión contra la libertad de prensa”. En 2018 el caso fue declarado como crimen de guerra, por tanto, debe continuarse con el esclarecimiento de los hechos y responsabilidades, se espera que no haya más impunidad. 

El asesinato de Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas, a partir de determinarse como crimen de guerra en 2018 por la Fiscalía General de la Nación, indicó que este fue perpetrado por el comando central (Coce) de la guerrilla del ELN, por ello hasta febrero de 2019, el Fiscal 6 Especializado contra Violaciones a Derechos Humanos, decidió hacer apertura de indagatoria a Israel Ramírez alias "Pablo Beltrán", Nicolás Rodríguez alias "Gabino" y Eliécer Chamorro alias "Antonio García", miembros del ELN, emitiendo orden de captura para que comparezcan al proceso. 


Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas en la Memoria.

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas Sin Olvido.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Ricardo Villa Salcedo

23 de diciembre 1992

En el mes de octubre intentaron linchar a un joven en el mercado de Santa Marta, la gente lo persiguió y casi lo matan a patadas y puños, unos policías lograron arrebatárselo a la turba que indignada gritaba “suéltalo, déjenselo al pueblo”. El muchacho era estudiante de bachillerato de un colegio público y le habían ofrecido doscientos mil pesos por tirar la granada. En el supermercado un señor de 60 años, una mujer y una niña de apenas 6 años habían muerto y más de 50 personas estaban heridas por las esquirlas. Dos días después de la audiencia de legalización de captura del joven, unos hombres armados llegaron a su casa en el barrio Galán y asesinaron a su hermano menor, seguramente para presionar al muchacho y evitar que señalara a quienes le habían pagado.

Es la escena de una película de esas que nadie quiere quedarse al final, una tragedia de dos cabezas, es la historia de Santa Marta. Hoy nadie sabe quien manda en la ciudad pero se ha naturalizado la extorsión, hasta el del raspao, el vendedor de mango, el de los jugos, cualquiera que produzca unos pesos y pueda ubicarse. 

El cobro de la “seguridad privada” por motociclistas que parecen fantasmas en la noche de los barrios de la ciudad, el conocido “gota gota”, única forma de adquirir electrodomésticos, camas y muebles sin contratos, ni intereses pactados, eso si, te cobran todos los días en la puerta de tu casa. Cualquier persona que quiera montar un negocio sin permiso de los paramilitares, entiéndase Urabeños, Rastrojos, Paisas u otro nuevo nombre, queda marginado y se expone al sabotaje a la amenaza y al atentado.

Santa Marta no ha podido consolidar un proyecto social, tampoco uno económicamente coherente. Al mismo tiempo que es un nicho turístico es también un puerto de carbón molido, la versión más contaminante de la minería de exportación. El atardecer de las fotos que todos guardamos en casa de la bahía de Santa Marta ahora luce adornado por  un parqueadero de yates “La Marina” y un ejército de planchas transportadoras que irrigan el mar con el tóxico polvo de carbón. En las noches otras estrellas flotan en el horizonte, silenciosas e imponentes como si reflejaran la soledad de los samarios de aquel lado del mar.

A falta de un proyecto para la Santa Marta y el Magdalena hemos tenido una competencia sangrienta por el dominio de las rentas, por la propiedad de las mejores tierras y por el control de las rutas marimberas. Ni se produce el mismo guineo ni se pesca el mismo pescado, Santa Marta es lo que es a pesar de su dirigencia.

Todo aquí es de herencia, desde sus inicios Santa Marta fue una de las pocas poblaciones que en la independencia apoyo al rey de España y rechazo al ejército libertador. Desde entonces existió cierto rechazo a las ideas de cambio, se protegió a sangre y fuego la estructura de la tenencia de la tierra y la segregación de las familias sin apellidos. En el siglo XX arribó al departamento la poderosa multinacional United Fruit Company, hoy Chiquita Brands, la zona se convirtió en un enclave bananero en el Caribe. La tozudez de la compañía y su alianza con las familias propietarias llevaron al conflicto obrero de los 20, el ejército dio la orden de disparar contra el pueblo en la plaza de Ciénaga y sobre los vagones del tren en que fueron llevados los cadáveres hasta el mar, se creo un mito de resistencia que aún perdura en la región. 
Luego vino la marimba, a mediados de los 70 y con el auge del consumo de marihuana en Estados Unidos, la Sierra Nevada de Santa Marta empezó a ser una estratégica despensa en donde la producción y las rutas de exportación heredaban los trazados de los tiempos del contrabando. La bonanza permitió las primeras fortunas y con ellos se atrajo a traficantes del interior. Uno de ellos fue Hernán Giraldo quien fundó junto a ganaderos y terratenientes del departamento el grupo paramilitar Los Chamizos, grupo que terminaría por controlar toda la región.

Al mismo tiempo en el Cesar y en el Magdalena coincidían la crisis del algodón y del banano, el negocio de las familias tradicionales se venía abajo. Una familia Guajira, los Gnecco, que se habían enriquecido con el contrabando y con la bonanza marimbera, se había propuesto colonizar los espacios que empezaban a dejar los Araújo, los Molina y los Castro en el Cesar y los Pinedo, los Vives y los Díaz Granados en el Magdalena.

Algunos analistas han identificado en este momento un piloto del proceso de la parapolítica que conocemos actualmente. Una prueba de ello fue la conocida alianza de los Gnecco con Hernán Giraldo que los llevaría a ganar la alcaldía de Santa Marta (Hugo Gnecco 1992) y la gobernación del Cesar (Lucas Gnecco 1992).

Para ese entonces Ricardo Villa Salcedo se había convertido en un fenómeno electoral en el Magdalena, había obtenido la mayor votación de un líder independiente y había pasado de tener una carrera ascendente en el nuevo liberalismo a ser un líder político de la naciente Alianza Democrática M-19 en Santa Marta. Había sido senador y candidato a la Asamblea Nacional Constituyente por esta colectividad. Su labor como defensor dederechos humanos y abogado de la gente más necesitada lo había puesto en el ojo del huracán. 

En sus últimas columnas en el periódico El Informador se había dedicado a denunciar la captura ilegal del mercado de Santa Marta y hechos de corrupción en la ciudad. En este tiempo había decidido tomar un caso emblemático, tomo poder como defensor de un grupo de campesinos que vivían en la zona de Pozos Colorados quienes estaban siendo desplazados bajo amenaza, también defendía a la Corporación Nacional de Turismo que había comprado unos terrenos al ICBF. Quien fuera en ese entonces el alcalde de Santa Marta, Hugo Gnecco y un grupo de inversionistas habían desencadenado una ofensiva para comprar estos terrenos pues sabían que dicho sector se convertiría en Zona Franca y por lo tanto los precios de la tierra favorecerían  inmensamente a los propietarios, era el gran negocio.

El 23 de diciembre de 1992, en medio de las ferias decembrinas, a plena luz del día, asesinaron a un hombre que no debemos olvidar jamás. Un grupo de criminales de cuello blanco había hecho una colecta y juntado voluntades para pedir a Hernán Giraldo el asesinato de Ricardo Villa Salcedo, con esto eliminaban a un contradictor político, a un columnista incomodo y a un abogado incorruptible. Sin embargo, con el tiempo nos hemos dado cuenta que tanto el asesinato de él como el de Marcos Sánchez y Adalberto Pertus miembros del Partido Comunista y de la Unión Patriótica o como el de su amigo Julio Henríquez hacían parte de un plan de exterminio político en la región que tenía como objetivo principal apartar del camino a cualquiera que se interpusiera a los intereses económicos y políticos de esta alianza entre políticos, empresarios y paramilitares. Como ya lo ha dicho mi hermano Ricardo “su muerte no sólo fue por intolerancia política sino un proceso de limpieza estratégica que se dio y se sigue dando en nuestra costa Caribe”.

Como muchos Hijos e Hijas he reconstruido la vida de mi padre a partir de los recuerdos de sus amigos y de mi madre principalmente, todos tienen un cuento sobre él y sus inventos, algunos de mis profesores en la Universidad Nacional me contaron unos de los mejores que he escuchado. Eduardo Umaña Luna me contó varias veces uno que me gusta mucho. Estaban recibiendo los trabajos finales en la clase de Derechos Penal y Eduardo llamaba a lista pidiendo cada trabajo, cuando llamo a Villa Salcedo Ricardo, el joven estudiante respondió que no había traído el trabajo y el profesor le preguntó entonces cuál era el motivo, a lo que este contestó con desparpajo: he estado cumpliendo una misión revolucionaria. 

El profesor Umaña respondió con una sonrisa cómplice: muy bien camarada, déjeme felicitarlo, en su misión revolucionaria tiene 5, en el trabajo 0. Otra profesora me contó que en una visita que hicieron como estudiantes a una cárcel en Bogotá, el grupo se había detenido antes de ingresar porque Ricardo tenía que retirar el giro que su padre le hacia todos los meses para su sustento en la capital. Ya al interior de la cárcel se distribuyeron por grupos y él decidió visitar el pabellón de presos políticos. A la hora de salir, el profesor responsable empezó a contar sus estudiantes y faltaba uno, evidentemente el grupo no podría abandonar la cárcel sinque apareciera el estudiante, pasaron varias horas hasta que lo hallaron y lo convencieron de salir. Ya en la calle se empezaron a dispersar los estudiantes y Ricardo se acerco a mi confidente y le dijo: oye no tendrás veinte pesos que me prestes, es que me quede sin lo del bus.

Entre mis recuerdos más preciados conservo la fila de su oficina en el Edificio Posihuica. La gente esperaba pacientemente para entrar, algunos sentados en las escaleras otros mamando gallo, habían niños jugando en el pasillo, todos muy humildes, había mujeres campesinas que traían en un canasto huevos criollos y yucas todavía con tierra, había alguno que traía un pescado envuelto en papel periódico debajo del brazo.

Era un resumen de la vida de mi padre, la gente le pagaba con cualquier cosa porque él se negaba a recibir dinero de gente pobre, llevaba los casos que nadie quería llevar. Mi impresión después de muchos años de escuchar estos cuentos es que era un tipo que nadie ha podido olvidar y que su vida valió la pena precisamente por utópica y comprometida con las causas sociales. Su muerte, he querido recordárselo a los samarios y a las samarias  y dedicar estas palabras a quienes como él sueñan con una sociedad justa y un mundo mejor.

Camilo J. Villa Romero

Ricardo Villa Salcedo en la Memoria
Ricardo Villa Salcedo Sin Olvido 

domingo, 18 de agosto de 2013

Luis Carlos Galán



Agosto 18 de 1989- Agosto 18 de 2013



Un Santandereano, liberal, que se hizo entre otras, con la protestas estudiantiles en contra del régimen de Gustavo Rojas Pinilla el 10 de mayo de 1957, ese fue el inició de Luis Carlos Galán.

Nunca se imagino que años después, las mentalidades de los sectores que le iniciaron en la vida política, como él lo expresó, con una detención y un golpe, fueran asesinarle, pues reprimen de una y mil formas. Sí, esas estructuras del establecimiento, que se han forjado en la mentalidad de la doctrina del enemigo interno, que concibe a quienes mínimamente disienten, como sujetos por exterminar, fueron los responsables de su detención y luego de su asesinato.

Galán el egresado de la Universidad Javeriana, el periodista, consentido de sectores de poder, disiente del partido liberal, fundador del Nuevo Liberalismo. Galán se apartó del partido por la corrupción elevada a justas proporciones por Julio César Turbay, y se apartó de este gestor del Estatuto de Seguridad, con el que se legitimaron violaciones de derechos humanos entre 1978 y 1982.

Su asesinato, el 18 de agosto de 1989 fue el golpe certero del establecimiento criminal a quién disintió de la podredumbre de un partido. En su asesinato participaron integrantes de las fuerzas militares y un grupo de sus aliados los paramilitares.

Muchos mecanismos de impunidad han operado desde la consumación misma del crimen. Desde la penetración en su esquema de seguridad, desde el montaje contra personas inocentes para mostrar resultados, en realidad unos falsos positivos judiciales, y el asesinato de quiénes participaron en la comisión del crimen.

Por su asesinato se encuentra condenado el político Alberto Santofimio Botero, dada su cercanía con el narcotraficante Pablo Escobar. Algunos que ha leído el expediente, indican, que su cercanía con el capo de las drogas no prueba su responsabilidad en el homicidio.

En octubre del 2011, fueron vinculados al proceso el Coronel (r) Manuel Antonio González, y al mayor retirado Luis Felipe Montilla, y en Marzo de 2013, se les dictó orden de captura en por el delito de coautores de homicidio agravado.
24 años después, el asesinato de Galán sigue en la impunidad. Los beneficiarios del crimen, más allá de Pablo Escobar Gaviria, nunca han sido judicializados, los altos mandos militares que propiciaron la participación de mandos medios y bajos, algunos ya no viven, murieron de viejos, otros siguen vivos y usufructuando de sus pensiones.

Tremenda historia de impunidad, del olvido que incluso, se acuña en uno de sus herederos políticos, un senador, que por desconocimiento, por ignorancia o negación de la realidad, promovió, defendió a capa y espada, el privilegiado fuero militar, obviando que ese mismo privilegio, esa misma mentalidad es la que ha cobijado a agentes estatales responsables del asesinato de este hombre de ideas liberales.

Luis Carlos Galán en la Memoria
Luis Carlos Galán Sin Olvido.

miércoles, 24 de abril de 2013

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas

Abril 24 de 1991 - Abril 24 de 2013



“Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle y ven mi boca repleta de insectos rabiosos trabajando en mi lengua, no me sufran: habrá sucedido que caí antes de escuchar el balbuceo /de mi hijo… Piensen en mi y recuérdenme cantando o recuerden mis pasos detenidos junto a un  piano cuando hablaba de mi madre bella y triste como un –árbol como una huella de pájaros…Si ven que he muerto en la entrada de una calle seguramente vestido de azul hasta en las uñas y sonriendo acaso revestido de cenizas como un ángel, piensen que he vivido, recuerden la joven figura ebria /de los patios…Y no me lloren, no me giman siquiera: pienso que detendrán el sol que tendré entonces en mitad del pecho, persistiendo tercamente en la última calle de esa tarde sobre la tierra.”

Julio Daniel Chaparro Hurtado

Al anochecer del 24 de Abril de 1991, Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas, periodista y fotógrafo respectivamente, fueron asesinados en el municipio de Segovia (Antioquia) cuando realizaban una labor periodística sobre la historia de la violencia en la región para un periódico colombiano en el que trabajaban.

Julio Daniel participó de la Juventud Comunista (JUCO), fue cercano a la Unión Patriótica y desde 1990 trabajó con el periódico El Espectador; nacido en Sogamoso fue una persona que sobresalió en las letras, en la poesía y la crónica periodística, estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de la Sabana, fundó la Revista Oriente en la ciudad de Villavicencio, publicó los libros “Y éramos como soles” en 1986, “País de mis ojos” en 1988 y “Árbol ávido” en 1991.

Por su parte, Jorge Enrique era un reconocido fotógrafo, quien por su labor había recibido varios reconocimientos y premios, entre ellos el premio Planeta.

La intención de su visita era indagar e informar sobre cómo pese al paso de la violencia continuó la vida en el lugar. Julio Daniel, inquieto por esos sucesos místicos de las comunidades, había hecho que viajara a varios pueblos y corregimientos del país donde grupos paramilitares, narcotraficantes, militares y guerrilleros ejercían una violencia sin tregua, pero donde también las comunidades continuaban resistiendo y gestando vida. El trabajo que haría en Segovia daría como resultado la quinta crónica de seis que componían una serie periodística que estaba trabajando.

Segovia, municipio del nordeste antioqueño, no solo fue epicentro de una amplia agitación social por parte de diversos movimientos de izquierda (campesinos, obrero-patronales e incluso estudiantiles) que en la década de los 80 se manifestaban con rigor y alcanzaban significativa representación política en el pueblo minero. El 11 de noviembre de 1988, Segovia fue epicentro de una atroz masacre perpetrada por grupos paramilitares de la familia Castaño.

Todo fue oscuro desde aquel triste día de abril. Más de tres horas estuvieron los cuerpos sin vida tirados en el pavimento, sin que nadie avisara a las autoridades. Sólo a las 10:30 de la noche llegó la policía a practicar el levantamiento de los cadáveres. Una jueza de instrucción criminal asumió el caso 24 horas más tarde.

Sin mayores pesquisas y sin una investigación formal y seria, cobró forma el rumor de que los autores habían sido miembros de las Milicias Bolivarianas de las Farc, quienes supuestamente los habían confundido con agentes de inteligencia militar.

A esta supuesta pista contribuyeron rápidamente dos hechos. Las declaraciones del comandante de la Policía de Segovia, quien entonces manifestó que en el último año no se había sentido acción de grupo paramilitar alguno y éstos delinquían muy lejos; y el falso informe que habrían suministrado milicianos del Eln a las Farc, en el sentido de que habían visto a los periodistas en la XIV Brigada del Ejército en Puerto Berrío. El IV frente de las Farc expidió un comunicado para negar su autoría en los crímenes, que poco o nada fue tenido en cuenta.

A raíz del doble asesinato, el entonces presidente César Gaviria hizo pública una declaración comprometiéndose a una “investigación completa y pronta para detener, juzgar y condenar a los culpables de esta agresión contra la libertad de prensa”, pero la actuación judicial, en sus frentes de Procuraduría y justicia sin rostro, no logró significativos avances. En el primer caso, antes de un año el proceso quedó resuelto, pues se descartó cualquier responsabilidad de miembros de la Fuerza Pública o de los organismos de seguridad del Estado.

En cuanto al expediente penal, lo único significativo fue el recuento de las últimas horas de Julio Daniel Chaparro y Jorge Torres. Su arribo al aeropuerto Otú del municipio de Remedios (Antioquia), procedentes de Medellín; el viaje por tierra hasta Segovia, donde llegaron hacia las cuatro de la tarde; el registro en el hotel Fujiyama antes de las cinco; su presencia en el estadero La Diana, donde tomaron varias cervezas y repetidamente hicieron sonar la canción La quiero a morir  de Francis Cabrel, y luego su inaplazable cita con la muerte.

En misiva a la entonces fiscal general, Viviane Morales, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), además de referir varios hechos contra periodistas y la libertad de expresión, expresamente recordó la impunidad y amenaza de prescripción del expediente por los crímenes de Julio Daniel Chaparro y Jorge Torres. Actualmente la Fiscalía no ha judicializado a los autores materiales, y de los intelectuales nunca se supo nada.

Daniel Chaparro, hijo de Julio Daniel, ahora politólogo de la Universidad de los Andes con maestría en historia, desde la mañana de aquel 24 de abril de 1991 en que su padre lo despidió frente al colegio Liceo Andrea del Bocca, entonces ubicado entre las avenidas Rojas y Boyacá con calle 66 en Bogotá, le ha dado un lugar privilegiado de su existencia a recobrar la vida y obra de Julio Daniel Chaparro.

Recordar para vivir. Recordar para seguir. No se trata de la búsqueda angustiante. No es una cacería del pasado. Es más un ejercicio de liberación, la catarsis por los cumpleaños que no fueron, todos los abrazos perdidos.

Palabras e imágenes de Daniel y Jorge, retazos de la memoria de la violencia en Colombia. Crímenes desde lo ilógico de la guerra, desde las paradojas de la vida y la muerte. Sus palabras e imágenes 22 años después, les devuelven el aliento, el revoloteo entre las memorias de las víctimas de los crímenes de estado de dos periodistas que registraron parte de la historia de la violencia de Colombia.

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas en la memoria
Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas Sin Olvido