jueves, 25 de junio de 2015

Martires de Catatumbo

Foto: Diario La Opinión
Hoy 25 de junio, día de la dignidad campesina, se conmemoran dos años del asesinato de los cuatro campesinos Diomar Angarita, Hermidez Palacio, Dionel Jácome y Edwin Franco quienes participaron en la movilización en Catatumbo. Ellos al igual que muchos campesinos de esta zona del país exigían mejores condiciones para el campo, la creación de una zona de reserva campesina y la implementación de proyectos productivos por parte del gobierno al erradicar los cultivos ilícitos en la región.

Entre el 22 y el 25 de junio de 2013 las balas, los gases y la represión fue una constante en el Catatumbo, Norte de Santander, por parte de las fuerzas del estado, entre ellos ESMAD, Ejército y Policía. Estos tres días fueron de llanto e indignación para el campesinado, ya que allí murieron los cuatro Mártires de Catatumbo a mano de las fuerzas militares. Según investigaciones de la Fiscalía General de la Nación, tres de los cuatro campesinos fueron asesinados por balas de fusil que provenían del lado de las fuerzas militares.

Hoy están en la memoria y Sin Olvido Diomar Angarita, Hermidez Palacio, Dionel Jácome y Edwin Franco, quienes fueron asesinados exigiendo y buscando vida digna en este país.

miércoles, 10 de junio de 2015

Lilia Suárez y Juber Franco

8 de junio 2013 - 8 de junio 2015

Lilia de Jesús Suárez Guarín y Juber Adolfo Franco Carmona dos colombianos campesinos que desde hace 46 años comparten la vida, el amor y una familia.

Esta pareja se conoció en una pequeña población ubicada al oriente del departamento de Antioquia. Desde ese entonces atesoraron la ilusión de formar una familia.

Juber se desempeñó en la construcción de casas y también como ebanista, fue así como pudo levantar las paredes de su propio hogar; y por supuesto construyó junto a otros habitantes de la región muchas otras casas que abrigarían los sueños de familias humildes y campesinas.

Lilia de gran corazón se dedicó a acoger a niñas y niños del pueblo a quienes en algunos casos, amparó durante largas temporadas debido a la imposibilidad de sus padres para ofrecerles buenas condiciones de vida y cuidado, Lilia atendía estos niños como si fueran los suyos mientras sus padres volvían por ellos.

Por su corazón, solidaridad y amor por el prójimo Lilia y Juber fueron acogidos rápidamente en la comunidad, siendo una de las parejas más queridas por todos los pobladores de la región.

Años más tarde la pareja recibía en el seno de su hogar a tres hijas y un hijo, esto los fortaleció y animó a seguir siendo una familia solidaria, amorosa y preocupada por el bienestar de la comunidad.

Al inicio de los 80´s la violencia social y política que se extendía por todo el país, tocó las tierras en donde Lilia y Juber vivían, y debido al conflicto armado fueron obligados a desplazarse a la ciudad de Medellín. Allí los esfuerzos por sobrevivir aumentaron, pero ellos no se dieron por vencidos, con mucho trabajo lograron garantizar a sus hijos educación, vivienda, alimentación y amor.

Nuevamente su disposición para servirles a otros afloró cuando empezaron a ayudar las familias que llegaban desplazadas, su aporte solidario se sumó a varias iniciativas sociales de protección y acogida.

Así permanecieron durante 25 años y después de superar un desplazamiento forzado y acoplarse a la vida en la ciudad, las expectativas de mejorar las condiciones de vida para ellos les planteaban otras posibilidades para buscar nuevos horizontes, entonces deciden trasladarse a Venezuela.

En el vecino país toman la decisión de comprarse un terreno en las afueras de Ciudad Rubio en el estado de Táchira, donde comienzan en el año 2011 a construir ellos mismos su casa y a plantar una pequeña huerta, éste había sido siempre su sueño al momento de ser mayores.

Con mucha ilusión Lilia y Juber emprenden este nuevo caminar, allí una vez más la comunidad a donde llegaron les acoge y los bautizan cariñosamente con el nombre de“los abuelos”.

Fue en la pequeña casa que aún estaba por terminar pero que ya colmaba su aspiración de vida tranquila, en un lugar de paisajes hermosos y con una huerta alimentada con sus propias manos, donde se les vio por última vez, sin que hasta la fecha se tenga noticia de ellos.



El sábado 8 de junio de 2013 la pareja fue desaparecida, en ese momento Lilia contaba con 63 y Juber con 69 años de edad.

Este fue el día en que sus vecinos los vieron por última vez.

Dos días antes, el 6 de junio, Lilia y Juber a través de una comunicación telefónica con sus hijos habían comentado sobre su preocupación debido a que el día 3 de junio, un grupo de hombres desconocidos intentaron asaltar la casa, pero éstos huyeron ante la pronta intervención de sus vecinos.

Sin embargo desde el 8 de junio no se les volvió a ver y quienes fueron a visitar la casa en busca de alguna pista de su paradero, encontraron la mesa servida con lo que sería su comida el día en que fueron desaparecidos.

El 21 de junio de 2013, los hijos de Lilia y Juber, deciden entablar en Venezuela, la denuncia por su desaparición ante el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) de Rubio, dando luego notificación al Ministerio Público.

Desde ese día han hecho gestiones, que hasta ahora siguen sin respuestas concretas de su paradero, la Fiscalía General de la Nación, la Defensoría del Pueblo, el Ministerio del Interior y Justicia, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Dirección General del CICPC del Estado de Táchira, la Comisión Nacional de Refugio, el Servicio de Jesuitas para Refugiados y la Dirección Política de la Gobernación del Estado Táchira, entre otros no dan respuestas ni adelantos de investigaciones que puedan dar con el paradero de la pareja.

Sin embargo la lucha de sus hijos, familiares y amigos continúa y es así como han tocado puertas en diversas organizaciones sociales y de derechos humanos de Colombia, Venezuela y otros países con las que han podido emitir tres acciones urgentes internacionales.

Aun hoy, dos años después de la desaparición de Lilia y Juber, la familia sigue con la esperanza de conocer su paradero y continúan interponiendo los recursos legales que sean necesarios. Ellos siguen tocando las puertas de organizaciones y personas que quieran solidarizarse con su dolor y que puedan ayudar a encontrar a sus padres, amigos, hermanos, como les dicen de cariño, sus queridos “abuelos”.

Lilia y Juber en la Memoria
Lilia y Juber Sin Olvido

Ana Fabricia Córdoba

                                             Junio 07 2011 - Junio 07 2015


Ana Fabricia Córdoba lideresa del Urabá, miembro del Movimiento de Mujeres de Negro Contra la Guerra de la Ruta Pacífica de las Mujeres en Colombia, organización que se pronuncia ante las situaciones de violencia que afrontan niñas jóvenes y mujeres, en el marco del conflicto armado. Debido a su activismo y compromiso con la comunidad, desde los 51 años de edad, Ana, empezó a sufrir los atropellos cometidos por paramilitares en contra de su familia y tras la muerte de su primer esposo se vio obligada a huir del Urabá Antioqueño y a refugiarse en la ciudad de Medellín en el barrio La Cruz.

Desde el año 2002 se intensifico la estrategia paramilitar en los barrios de Medellín especialmente en La Cruz y La Honda y Ana Fabricia valientemente denunció los abusos cometidos por parte de la Policía de la Estación de San Blas (Manrique), quienes torturaban y le de daban tratos crueles a los jóvenes del barrio entre ellos sus propios hijos.

Sus denuncias también ponían al descubierto la connivencia de la fuerza pública con grupos paramilitares siendo clara en señalar a miembros de la Policía pertenecientes dicha estación, de apoyar la estructura paramilitar en la zona.

Dos años después, fue acusada de ser colaboradora de la guerrilla de las FARC, por lo que estuvo dos meses en la cárcel del Buen Pastor y un tiempo después su hijo Carlos Mario Ospina fue asesinado; Ana Frabricia responsabilizó a la Policía del barrio La Cruz debido a las persecuciones y malos tratos de los que sus hijos habían sido victimas. Seguido de esto, recibió reiteradas acciones de allanamiento sin orden judicial e intimidaciones acusándola nuevamente de ser colaboradora de las FARC.

La persecución nunca cesó y el 7 de julio de 2010 su hijo Jonatan Arley Ospina de 19 años de edad fue asesinado. A partir de este trágico hecho Ana Fabricia denunció con más insistencia la culpabilidad de la policía, que provocó múltiples amenazas contra su vida y su familia. La Policía Metropolita del Valle del Ubarrá le propuso la práctica de un análisis de riesgo, pero la lideresa la negó debido a que sus denuncias eran contra esta entidad del Estado.

En Abril de 2011 denunció públicamente la situación de riesgo, las amenazas y hostigamientos durante la sesión del Comité Metropolitano de Derechos Humanos y aun así, el 7 de Junio de 2011 fue asesinada, un hombre le disparó en su cabeza mientras se movilizaba en un bus público de la ruta Santa Cruz.

El caso fue asignado a la Fiscalía número 37 de derechos humanos de Medellín, pero la Fiscal asignada se ha encargado de frenar el proceso para que lo abogados de las victimas no conozcan ni hagan seguimiento al caso en la fiscalía.



El Asesinato de Ana Fabricia evidencia la constante persecución contra los y las líderes comunitarias que trabajan en las diferentes regiones del país y pese a todas las denuncias es clara la negligencia y omisión de parte de las autoridades que no le garantizaron la vida.


De 2010 a la fecha han ocurrido más de 206 agresiones individuales contra defensores y defensoras de derechos humanos, de los cuales más de 34 han sido asesinatos, 127 organizaciones sociales o de derechos humanos fueron víctimas de algún tipo de agresión que puso en riesgo la vida e integridad de sus miembros, la omisión, ineficacia, negligencia se constituyen en elementos de impunidad que obstaculizan la labor legítima y legal de defensa de los derechos humanos.


Seguimos esperando a que el Estado Colombiano brinde garantías reales a los líderes comunitarios, defensores de derechos humanos y víctimas del conflicto armado en Colombia.


Ana Fabricia Córdoba, en la Memoria
Ana Fabricia Córdoba, Sin Olvido