sábado, 27 de abril de 2013

JOSÉ CALIXTO CUELTAN IMBACUÁN

Abril 27 de 1996 - Abril 26 de 2013 
Indígena, animador parroquial, defensor de la vida y del territorio, asesinado por el ejército nacional. 

La voz de la sangre de tu hermano derramada en tierra, clama justicia, dice el Génesis, es el clamor de su seis hijos y su esposa, es el murmullo que se escucha en los espacios de la memoria que hoy se perpetúa entre las fumigaciones, entre el terror, la apropiación de tierras, la destrucciones de vida humana y la biodiversidad.

Hoy hace 12 años, el 27 de abril de 1996, unidades militares del ejército nacional ejecutaron a José Calixto Cueltán Imbacuán, indígena del pueblo de los Pastos, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda San Isidro, Municipio Valle del Guamuez, y miembro de la Asociación Campesina para el Desarrollo Integral del Sur del Putumayo, ACADISP. 

Calixto en horas de la mañana estaba buscando un ternero para la fiesta de la junta de acción comunal, se encontraba junto con su hermano llevando unos novillos, cuando se encontró con los militares. José separó a los novillos de tal manera que éstos no afectara a los militares, a cambio recibió toda clase de insultos e improperios por parte de los regulares, a lo que éste les exigió respeto. En el acto uno de los uniformados disparó su fusil, la bala atravesó un novillo y alcanzó a herir mortalmente a Calixto. Prueba, inequívoca del abuso del poder y de la violencia de lesa humanidad que han utilizado históricamente las fuerzas armadas.

Mientras su hermano corría en busca de ayuda hacia la comunidad, los militares, revistieron el cuerpo de José con prendas militares. Inmediatamente, modificada la escena del crimen de Estado, los militares iniciaron la campaña psicológica para tergiversar la realidad, informando a los pobladores que habían herido a un guerrillero y otros indicaron que había sido una persona dada de baja en combate, impidiendo así que los vecinos se acercaran al cuerpo de Calixto. 

Cuando al lugar se acercó un automotor la comunidad se percató que aun José presentaba signos vitales, decidieron subirlo al carro por la fuerza y así obligar a los militares a llevarlo de urgencia al hospital. Antes de ingresar a la clínica Calixto fallece.

Siendo las 9 am efectivos del ejército lo presentaron como guerrillero dado de baja en el caserío de Costa Rica, municipio del Valle del Guamuez. Cuando las autoridades civiles se enteraron del crimen asumieron el trámite de recuperación del cuerpo ante los militares. 

Este crimen permanece en la impunidad, las lógicas de operación militar en el Putumayo reeditan esas prácticas de terror hoy 12 años después y los mandos de las estructuras armadas institucionales han sido ascendidos y gozan de los privilegios

Su sangre derramada ha sido semilla de fortaleza, esperanza y resistencia para la comunidad, su voz profética y martirial no ha callado, sigue susurrando entre las filigranas de la dignidad que enfrentan el terror.


José Calixto Cueltán Imbacuán en la memoria
José Calixto Cueltán Imbacuán Sin olvido 

miércoles, 24 de abril de 2013

Guillermo Rivera Fúquene


                                    Guillermo Rivera Fúquene 22 de Abril 2008

Guillermo Rivera Fúquene, nació el 19 de mayo de 1956, padre de dos niñas, esposo de Sonia Betancur, miembro del sindicato de la Contraloría de Bogotá; a sus 52 años era economista de la Universidad Autónoma con una maestría en la Universidad Javeriana, era militante del Partido Comunista Colombiano y del polo Democrático Alternativo, fue asesor de Aída Abella y Mario Upegui concejales por la Unión Patriótica.

El 22 de Abril de 2008, a las seis de la mañana como era costumbre Guillermo Rivera llevo a su hija menor a esperar la ruta del colegio, media hora después, mientras trotaba, agentes policiales lo obligaron a subir a una patrulla en la Carrera 25 sur No. 51-80, donde se encuentra ubicado el Conjunto Multifamiliar Norte de Santander, en el sector del Tunal en la ciudad de Bogotá y desde ese momento no se supo nada más de él.

Ese mismo día la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas (CBPD) inició la búsqueda urgente de Guillermo Rivera ante el Fiscal 98 de la Unidad Nacional de DDHH. Aun así transcurrieron 84 días en los que su familia y conocidos lo buscaban en el barrio y por diferentes partes de la ciudad.

El 24 de Abril se encontraron los restos de Guillermo, los que evidenciaban tortura, golpes en el rostro, contusiones en diferentes partes y signos de muerte por estrangulamiento; En un botadero de basura en la vía al río Combeiba en el caserio de Totumo y el 26 de abril fue enterrado como NN en el cementerio San Bonifacio de Ibagué, departamento del Tolima. 


Solamente fue hasta el 15 de julio, 84 días, después que la Fiscalía encontró una información dactiloscópica de Guillermo que coincidió con el cuerpo sin identificar que se hallaba en el cementerio San Bonifacio de Ibagué, Sus restos fueron sepultados en Bogotá, el 17 de julio de 2008.

El 22 de Abril de 2010, cuando se cumplían 2 años de su desaparición, el movimiento de Hijos e Hijas, defensores de los Derechos Humanos y observadores Internacionales recorrieron el Barrio Tunal de la ciudad de Bogotá, el mismo que hacia Guillermo Rivera mientras trotaba, se detuvieron en la esquina en la que fue desaparecido, colocaron carteles y fotos de Guillermo Rivera.

Con batucada, con redoblantes, pitos y tambores cantaron “Vecino despierta! Aquí está Guillermo Rivera!” “Si señor, como no, la Policía lo asesinó. Si Señor, como no, de esta esquina lo desapareció. Si Señor, como no, y el gobierno no respondió”. En los mismos muros donde hace dos años la familia colocó la foto de GUILLERMO en la angustiante búsqueda por su desaparición, ese día la memoria coreada, transitando las calles del sur de la ciudad. “Eeeoo que la memoria va creciendooo, eeeoo Guillermo Rivera no está muerto”. Invitando a los vecinos a sumarse al SIN OLVIDO, a la exigencia de justicia, de no repetición del crimen. Un acto de indignación y censura frente a las unidades policiales, señalando la institución responsable de este crimen, se colocaron carteles señalando la impunidad de un crimen de Lesa Humanidad. 

Este año se cumplen cinco años de la desaparición y asesinato de Guillermo Rivera, y este crimen sigue en la impunidad.

Guillermo Rivera Fúquene en la Memoria 
Guillermo Rivera Fúquene Sin Olvido.

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas

Abril 24 de 1991 - Abril 24 de 2013



“Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle y ven mi boca repleta de insectos rabiosos trabajando en mi lengua, no me sufran: habrá sucedido que caí antes de escuchar el balbuceo /de mi hijo… Piensen en mi y recuérdenme cantando o recuerden mis pasos detenidos junto a un  piano cuando hablaba de mi madre bella y triste como un –árbol como una huella de pájaros…Si ven que he muerto en la entrada de una calle seguramente vestido de azul hasta en las uñas y sonriendo acaso revestido de cenizas como un ángel, piensen que he vivido, recuerden la joven figura ebria /de los patios…Y no me lloren, no me giman siquiera: pienso que detendrán el sol que tendré entonces en mitad del pecho, persistiendo tercamente en la última calle de esa tarde sobre la tierra.”

Julio Daniel Chaparro Hurtado

Al anochecer del 24 de Abril de 1991, Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas, periodista y fotógrafo respectivamente, fueron asesinados en el municipio de Segovia (Antioquia) cuando realizaban una labor periodística sobre la historia de la violencia en la región para un periódico colombiano en el que trabajaban.

Julio Daniel participó de la Juventud Comunista (JUCO), fue cercano a la Unión Patriótica y desde 1990 trabajó con el periódico El Espectador; nacido en Sogamoso fue una persona que sobresalió en las letras, en la poesía y la crónica periodística, estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de la Sabana, fundó la Revista Oriente en la ciudad de Villavicencio, publicó los libros “Y éramos como soles” en 1986, “País de mis ojos” en 1988 y “Árbol ávido” en 1991.

Por su parte, Jorge Enrique era un reconocido fotógrafo, quien por su labor había recibido varios reconocimientos y premios, entre ellos el premio Planeta.

La intención de su visita era indagar e informar sobre cómo pese al paso de la violencia continuó la vida en el lugar. Julio Daniel, inquieto por esos sucesos místicos de las comunidades, había hecho que viajara a varios pueblos y corregimientos del país donde grupos paramilitares, narcotraficantes, militares y guerrilleros ejercían una violencia sin tregua, pero donde también las comunidades continuaban resistiendo y gestando vida. El trabajo que haría en Segovia daría como resultado la quinta crónica de seis que componían una serie periodística que estaba trabajando.

Segovia, municipio del nordeste antioqueño, no solo fue epicentro de una amplia agitación social por parte de diversos movimientos de izquierda (campesinos, obrero-patronales e incluso estudiantiles) que en la década de los 80 se manifestaban con rigor y alcanzaban significativa representación política en el pueblo minero. El 11 de noviembre de 1988, Segovia fue epicentro de una atroz masacre perpetrada por grupos paramilitares de la familia Castaño.

Todo fue oscuro desde aquel triste día de abril. Más de tres horas estuvieron los cuerpos sin vida tirados en el pavimento, sin que nadie avisara a las autoridades. Sólo a las 10:30 de la noche llegó la policía a practicar el levantamiento de los cadáveres. Una jueza de instrucción criminal asumió el caso 24 horas más tarde.

Sin mayores pesquisas y sin una investigación formal y seria, cobró forma el rumor de que los autores habían sido miembros de las Milicias Bolivarianas de las Farc, quienes supuestamente los habían confundido con agentes de inteligencia militar.

A esta supuesta pista contribuyeron rápidamente dos hechos. Las declaraciones del comandante de la Policía de Segovia, quien entonces manifestó que en el último año no se había sentido acción de grupo paramilitar alguno y éstos delinquían muy lejos; y el falso informe que habrían suministrado milicianos del Eln a las Farc, en el sentido de que habían visto a los periodistas en la XIV Brigada del Ejército en Puerto Berrío. El IV frente de las Farc expidió un comunicado para negar su autoría en los crímenes, que poco o nada fue tenido en cuenta.

A raíz del doble asesinato, el entonces presidente César Gaviria hizo pública una declaración comprometiéndose a una “investigación completa y pronta para detener, juzgar y condenar a los culpables de esta agresión contra la libertad de prensa”, pero la actuación judicial, en sus frentes de Procuraduría y justicia sin rostro, no logró significativos avances. En el primer caso, antes de un año el proceso quedó resuelto, pues se descartó cualquier responsabilidad de miembros de la Fuerza Pública o de los organismos de seguridad del Estado.

En cuanto al expediente penal, lo único significativo fue el recuento de las últimas horas de Julio Daniel Chaparro y Jorge Torres. Su arribo al aeropuerto Otú del municipio de Remedios (Antioquia), procedentes de Medellín; el viaje por tierra hasta Segovia, donde llegaron hacia las cuatro de la tarde; el registro en el hotel Fujiyama antes de las cinco; su presencia en el estadero La Diana, donde tomaron varias cervezas y repetidamente hicieron sonar la canción La quiero a morir  de Francis Cabrel, y luego su inaplazable cita con la muerte.

En misiva a la entonces fiscal general, Viviane Morales, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), además de referir varios hechos contra periodistas y la libertad de expresión, expresamente recordó la impunidad y amenaza de prescripción del expediente por los crímenes de Julio Daniel Chaparro y Jorge Torres. Actualmente la Fiscalía no ha judicializado a los autores materiales, y de los intelectuales nunca se supo nada.

Daniel Chaparro, hijo de Julio Daniel, ahora politólogo de la Universidad de los Andes con maestría en historia, desde la mañana de aquel 24 de abril de 1991 en que su padre lo despidió frente al colegio Liceo Andrea del Bocca, entonces ubicado entre las avenidas Rojas y Boyacá con calle 66 en Bogotá, le ha dado un lugar privilegiado de su existencia a recobrar la vida y obra de Julio Daniel Chaparro.

Recordar para vivir. Recordar para seguir. No se trata de la búsqueda angustiante. No es una cacería del pasado. Es más un ejercicio de liberación, la catarsis por los cumpleaños que no fueron, todos los abrazos perdidos.

Palabras e imágenes de Daniel y Jorge, retazos de la memoria de la violencia en Colombia. Crímenes desde lo ilógico de la guerra, desde las paradojas de la vida y la muerte. Sus palabras e imágenes 22 años después, les devuelven el aliento, el revoloteo entre las memorias de las víctimas de los crímenes de estado de dos periodistas que registraron parte de la historia de la violencia de Colombia.

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas en la memoria
Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas Sin Olvido

domingo, 21 de abril de 2013

EDUARDO ÁVILA FONSECA

Abril 20 de 1993 - Abril 20 de 2013

Ya son 20 años desde que Eduardo Ávila Fonseca fue detenido – desaparecido, posteriormente encontrado asesinado. 20 años de búsqueda incansable y resultados inocuos en las investigaciones frente a los hechos y los responsables. Sólo la memoria de la familia y amigos ha hecho posible asomos de verdad, esa que indica que Eduardo fue detenido arbitrariamente por unidades de la SIJIN de la Policía Nacional, lo subieron a la fuerza a un vehículo mientras lo golpeaban y lo desaparecieron.

Eduardo Ávila Fonseca había sido el guardaespaldas de Carlos Pizarro Leongómez candidato a la presidencia por el partido Alianza Democrática M-19.

Eduardo fue detenido y desaparecido el 20 de Abril de 1993, visto por última vez a las seis de la tarde por su hermana. Ese día fue abordado por cuatro hombres en la carrera 13 con 63 en la ciudad de Bogotá, ellos, vestidos de civiles y con armas, obligaron a Eduardo a subir a un taxi.

Su familia fue informada de su detención dos horas después y decidieron empezar una búsqueda larga, angustiosa y sin respuestas, dónde nadie les dio razón de Eduardo.

Luego de lo sucedido, emergieron múltiples versiones, pero debido al incansable deseo de la familia por encontrar la verdad, se pudo conocer que Eduardo fue detenido y desaparecido por agentes de la SIJIN.

Su cuerpo sin vida fue encontrado tiempo después, sin hallar respuesta alguna del porque de su detención, desaparición y ejecución extrajudicial. Y aún 20 años después la búsqueda incansable por esa verdad y de persistencia para que existan procesos de investigación que lleve al esclarecimiento de los hechos y a la Justicia, no cesan.

Colombia, un país que insiste una vez más en transformar este contexto que nos aflige a todos y a todas, que se ha llevado campesinos, campesinas, indígenas, mujeres y hombres. Paz con justicia social, es el reclamo de una Colombia que está cansada de sufrir, de cientos que lloran a sus hermanos y a sus líderes.

Hoy entonces, recordando a Eduardo Ávila, debe ser significado no de un sueño, sino un impulso real a trabajar, a cuestionar, a denunciar.

Las palabras de Gladys Ávila Fonseca hermana de Eduardo, hace 3 años y que hoy tiene más significado que nunca, que nos llama como pueblo, que reclama del Estado respeto,

Hasta que nuestra patria Colombia, escuche la voz del dolor, hasta que no desaparezcan más, hasta cuando se permita pensar, hasta cuando no se violen los derechos humanos, hasta cuando exista justicia y verdad. Eduardo Ávila, seguirá presente en la memoria. Eduardo una víctima más del crimen de estado en Colombia.

Recordamos, soñamos, construimos.

Eduardo Ávila, Fonseca en la Memoria
Eduardo Ávila Fonseca Sin Olvido.