miércoles, 24 de abril de 2013

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas

Abril 24 de 1991 - Abril 24 de 2013



“Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle y ven mi boca repleta de insectos rabiosos trabajando en mi lengua, no me sufran: habrá sucedido que caí antes de escuchar el balbuceo /de mi hijo… Piensen en mi y recuérdenme cantando o recuerden mis pasos detenidos junto a un  piano cuando hablaba de mi madre bella y triste como un –árbol como una huella de pájaros…Si ven que he muerto en la entrada de una calle seguramente vestido de azul hasta en las uñas y sonriendo acaso revestido de cenizas como un ángel, piensen que he vivido, recuerden la joven figura ebria /de los patios…Y no me lloren, no me giman siquiera: pienso que detendrán el sol que tendré entonces en mitad del pecho, persistiendo tercamente en la última calle de esa tarde sobre la tierra.”

Julio Daniel Chaparro Hurtado

Al anochecer del 24 de Abril de 1991, Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas, periodista y fotógrafo respectivamente, fueron asesinados en el municipio de Segovia (Antioquia) cuando realizaban una labor periodística sobre la historia de la violencia en la región para un periódico colombiano en el que trabajaban.

Julio Daniel participó de la Juventud Comunista (JUCO), fue cercano a la Unión Patriótica y desde 1990 trabajó con el periódico El Espectador; nacido en Sogamoso fue una persona que sobresalió en las letras, en la poesía y la crónica periodística, estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de la Sabana, fundó la Revista Oriente en la ciudad de Villavicencio, publicó los libros “Y éramos como soles” en 1986, “País de mis ojos” en 1988 y “Árbol ávido” en 1991.

Por su parte, Jorge Enrique era un reconocido fotógrafo, quien por su labor había recibido varios reconocimientos y premios, entre ellos el premio Planeta.

La intención de su visita era indagar e informar sobre cómo pese al paso de la violencia continuó la vida en el lugar. Julio Daniel, inquieto por esos sucesos místicos de las comunidades, había hecho que viajara a varios pueblos y corregimientos del país donde grupos paramilitares, narcotraficantes, militares y guerrilleros ejercían una violencia sin tregua, pero donde también las comunidades continuaban resistiendo y gestando vida. El trabajo que haría en Segovia daría como resultado la quinta crónica de seis que componían una serie periodística que estaba trabajando.

Segovia, municipio del nordeste antioqueño, no solo fue epicentro de una amplia agitación social por parte de diversos movimientos de izquierda (campesinos, obrero-patronales e incluso estudiantiles) que en la década de los 80 se manifestaban con rigor y alcanzaban significativa representación política en el pueblo minero. El 11 de noviembre de 1988, Segovia fue epicentro de una atroz masacre perpetrada por grupos paramilitares de la familia Castaño.

Todo fue oscuro desde aquel triste día de abril. Más de tres horas estuvieron los cuerpos sin vida tirados en el pavimento, sin que nadie avisara a las autoridades. Sólo a las 10:30 de la noche llegó la policía a practicar el levantamiento de los cadáveres. Una jueza de instrucción criminal asumió el caso 24 horas más tarde.

Sin mayores pesquisas y sin una investigación formal y seria, cobró forma el rumor de que los autores habían sido miembros de las Milicias Bolivarianas de las Farc, quienes supuestamente los habían confundido con agentes de inteligencia militar.

A esta supuesta pista contribuyeron rápidamente dos hechos. Las declaraciones del comandante de la Policía de Segovia, quien entonces manifestó que en el último año no se había sentido acción de grupo paramilitar alguno y éstos delinquían muy lejos; y el falso informe que habrían suministrado milicianos del Eln a las Farc, en el sentido de que habían visto a los periodistas en la XIV Brigada del Ejército en Puerto Berrío. El IV frente de las Farc expidió un comunicado para negar su autoría en los crímenes, que poco o nada fue tenido en cuenta.

A raíz del doble asesinato, el entonces presidente César Gaviria hizo pública una declaración comprometiéndose a una “investigación completa y pronta para detener, juzgar y condenar a los culpables de esta agresión contra la libertad de prensa”, pero la actuación judicial, en sus frentes de Procuraduría y justicia sin rostro, no logró significativos avances. En el primer caso, antes de un año el proceso quedó resuelto, pues se descartó cualquier responsabilidad de miembros de la Fuerza Pública o de los organismos de seguridad del Estado.

En cuanto al expediente penal, lo único significativo fue el recuento de las últimas horas de Julio Daniel Chaparro y Jorge Torres. Su arribo al aeropuerto Otú del municipio de Remedios (Antioquia), procedentes de Medellín; el viaje por tierra hasta Segovia, donde llegaron hacia las cuatro de la tarde; el registro en el hotel Fujiyama antes de las cinco; su presencia en el estadero La Diana, donde tomaron varias cervezas y repetidamente hicieron sonar la canción La quiero a morir  de Francis Cabrel, y luego su inaplazable cita con la muerte.

En misiva a la entonces fiscal general, Viviane Morales, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), además de referir varios hechos contra periodistas y la libertad de expresión, expresamente recordó la impunidad y amenaza de prescripción del expediente por los crímenes de Julio Daniel Chaparro y Jorge Torres. Actualmente la Fiscalía no ha judicializado a los autores materiales, y de los intelectuales nunca se supo nada.

Daniel Chaparro, hijo de Julio Daniel, ahora politólogo de la Universidad de los Andes con maestría en historia, desde la mañana de aquel 24 de abril de 1991 en que su padre lo despidió frente al colegio Liceo Andrea del Bocca, entonces ubicado entre las avenidas Rojas y Boyacá con calle 66 en Bogotá, le ha dado un lugar privilegiado de su existencia a recobrar la vida y obra de Julio Daniel Chaparro.

Recordar para vivir. Recordar para seguir. No se trata de la búsqueda angustiante. No es una cacería del pasado. Es más un ejercicio de liberación, la catarsis por los cumpleaños que no fueron, todos los abrazos perdidos.

Palabras e imágenes de Daniel y Jorge, retazos de la memoria de la violencia en Colombia. Crímenes desde lo ilógico de la guerra, desde las paradojas de la vida y la muerte. Sus palabras e imágenes 22 años después, les devuelven el aliento, el revoloteo entre las memorias de las víctimas de los crímenes de estado de dos periodistas que registraron parte de la historia de la violencia de Colombia.

Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas en la memoria
Julio Daniel Chaparro Hurtado y Jorge Enrique Torres Navas Sin Olvido

0 comentarios:

Publicar un comentario